LEOPOLDO III, REY DE LOS BELGAS (23 FEBRERO 1934)

     Conocidos son los graves problemas estructurales que sufre Bélgica, problemas no nuevos porque ya empezaron a aflorar en el momento de su constitución. Dos culturas, dos idiomas, dos capacidades económicas y sociales que hacen que haya quien considere que lo único que en este momento ofrece estabilidad, la única institución que asegura, aunque sea casi a trancas y barrancas, la continuidad del Estado es la monarquía. No es baladí por ello estar muy atentos a los movimientos y conductas que dimanan de sus miembros. En este contexto la trayectoria política de Leopoldo III, cuarto rey del país, tiene una repercusión especial por haber sido depuesto en su día por las fuerzas parlamentarias y obligado por la presión social y política a entregar sus poderes a su hijo Balduino. La razón que se adujo fue la escasa fuerza y convicción con que se opuso a los nazis.

      Como ha ocurrido en Europa a lo largo de toda la historia, muchos han sido los avatares de todo tipo que han sufrido sus gentes y sus territorios. En la época del imperio español, por ejemplo, los Países Bajos o una unidad política llamada las “Diecisiete Provincias de los Países Bajos” (integrada aproximadamente por lo que hoy es Holanda, Bélgica, Luxemburgo, una parte del Norte de Francia y otra del Oeste de Alemania) pasaron a dominio nuestro con ocasión de la boda de Felipe (I, el Hermoso), hijo del emperador alemán Maximiliano, con doña Juana (“la Loca”), hija de los Reyes Católicos a principios del siglo XVI. Después, lo que hoy constituye Bélgica perteneció a Austria; en 1794 se integró en Francia; y el Congreso de Viena (un encuentro internacional convocado para restablecer y estabilizar las fronteras de Europa tras la derrota de Napoleón, que se celebró en 1814-15) obligó a integrar lo que hoy es Holanda y Bélgica en una sola entidad política, ”Reino Unido de los Países Bajos”, dirigido por el rey de Holanda Guillermo I. entidad que Bélgica acabó rompiendo en 1830 para constituirse ya como Estado independiente, tal como lo es en este momento.
    (Esta decisión de separarse de Holanda ya era previsible desde el primer momento: las trampas que se hicieron en la votación para que saliera que los nobles belgas estaban a favor de la integración ya mostraron a las claras que todo era ficticio y no tenía consistencia pero se optó por seguir adelante a ver si con el tiempo se iban mitigando las diferencias. Mas todo ocurrió al revés de lo que algunos deseaban. Las incompatibilidades de los dos pueblos y las pocas ganas belgas de aceptar lo que en la práctica era una absorción lo hicieron imposible: Al Norte, el holandés sociológicamente protestante y, al Sur, el belga, católico, con todas las cargas de las históricas guerras de religiones; la diferencia de población (3,5 millones de belgas por 2 de holandeses) que generaba un temor de estos últimos y les llevaba a frenar las inversiones en el territorio del Sur, con la consiguiente protesta y resquemor belga; y la situación económica de la que se partía con gran ventaja para los holandeses.
   Pronto las tres potencias de la época (Prusia, Austria y Rusia) comprendieron la inviabilidad del proyecto y acabaron aceptando la partición en dos Estados independientes. Tras una conferencia en enero de 1831, se estableció un gobierno provisional, se decidió que fuese una monarquía y se ofreció el trono a algunos candidatos pero finalmente fue un noble alemán, el príncipe alemán Leopoldo de Sajonia-Coburgo-Gotha (tío de la reina Victoria de Gran Bretaña), quien se convirtió en Leopoldo I de Bélgica el 21 de julio de 1831.

    Leopoldo III es el cuarto rey de Bélgica, con este esquema biográfico: nace 3 de noviembre de 1901; toma posesión como rey el 23 de febrero de 1934; termina su reinado el 16 de julio de 1951; y muere el 25 de septiembre de 1983.

    Tras participar en la Primera Guerra Mundial como soldado de a pie voluntario, dedicó un tiempo al estudio, casándose a continuación en 1926 con la princesa Astrid de Suecia. Su boda le proporcionó mucha popularidad por el carisma personal y la sencillez de su esposa, que cayó espléndidamente a los belgas en una época, además, complicada por las repercusiones que el crack del 29 tuvo en su país. Ella se dedicó a crear estructuras y sistemas de ayuda a la gente que aminoraran los problemas y dificultades que estaban padeciendo.
    En 1934 su padre, Alberto I, mientras escalaba una montaña sufrió un accidente que le ocasionó la muerte, por lo que Leopoldo, como Leopoldo III, asumió esa responsabilidad el 23 de febrero de 1934.
    Al año siguiente tuvo la desgracia de perder a su mujer en un accidente, esta vez automovilístico. Con ella había tenido tres hijos: Josefina Carlota (1927-2005); Balduino (1930-1993) que le sucedió y estuvo casado con la española Fabiola; y Alberto (1934), que a su vez sucedió a su hermano al no tener este hijos y que ha reinado con el nombre de Alberto II hasta el 21 de julio del año pasado cuando ha abdicado a favor de su hijo Felipe.

    Partidario de practicar una política exterior rigurosamente neutral y no dependiente, Leopoldo III abandonó las alianzas defensivas que su padre había firmado con Francia y con Alemania por las que se renunciaba al uso de la fuerza en las relaciones internacionales recíprocas. No obstante, viendo el comportamiento agresivo del ejército alemán, determinó preparar a su país ante una posible agresión por parte de la Alemania. Para ello asumió el mando supremo del ejército belga, pidió ayuda a Francia y Gran Bretaña e impulsó incluso con su propio dinero la construcción de una línea defensiva. Pero, como era de prever, nada de esto ayudó y en mayo de 1940 las tropas nazis invadieron Bélgica. En estas condiciones, viéndose rodeado por las tropas alemanas, el 28 de mayo, prácticamente a los quince días, decidió capitular.
    Y con esta decisión empezaron los problemas de entendimiento con su pueblo y la clase política dirigente, en especial con su gobierno que se había marchado a Londres y que decidió quitarle la legitimidad de su reinado. Incluso la opinión pública belga le acusó de traidor y colaboracionista con el ejército alemán.
     De nada sirvió que fuese hecho prisionero, primero en un castillo y posteriormente llevado a Alemania, donde permaneció hasta el final de la guerra. Y tampoco los enormes esfuerzos que hizo por obtener la libertad de los prisioneros belgas, labor en la que consiguió, según se reconoce, la liberación de unos 500.000 belgas deportados por los nazis. Y hasta complicó más las cosas al contraer nuevamente matrimonio, el 11 de septiembre de 1941. Lo hizo con, una joven de 24 años, hija de un destacado político conservador, Mary Lilian Baels. Realizar tan importante acontecimiento en plena ocupación enemiga y con el recuerdo aún vigente de la difunta reina Astrid fue una torpeza mayúscula que acabó por distanciarle definitivamente de su gente. Tan obvio era esa posible reacción que se trató de aplazar la fecha de la boda pero resultó imposible pues la novia estaba embarazada y ello impidió el retraso. Leopoldo decidió que no sería proclamada reina de Bélgica, sino solo Princesa y los hijos que tuvieran quedaron excluidos de la sucesión de la corona, mas esa decisión tampoco sirvió para nada,
    Cuando Bélgica fue liberada, en 1944, la Asamblea Legislativa de su país nombró a su hermano Carlos rey regente en ausencia suya y, al intentar regresar, tuvo que marcharse a Suiza ante la oposición de los partidos más principales que exigían se aclarasen todas las cuestiones sobre su actuación durante la guerra. Pero, aunque en 1946, una comisión de investigación le eximió de toda culpabilidad y lo mismo aprobó, con el 57% a su favor, un plebiscito el 12 de marzo de 1950, regresando a Bélgica el 22 de julio de 1950, al final, tras una fuerte campaña política y social en su contra, no tuvo más remedio que abdicar en favor de su hijo Balduino, el 11 de agosto de 1950. Era la única forma de evitar un mayor deterioro político suyo y del país.
     Muchos comentarios y opiniones se han formulado sobre todo esto, sobre su actuación y la de su pueblo. Fue sin duda un desencuentro desgraciado, tal vez confuso y equivocado. Pero así es la vida y así es la historia.
     Hasta su muerte, Leopoldo III y la princesa de Réthy fijaron su residencia en Bruselas.

MUERE EL HISTORIADOR JUAN DE MARIANA (TOLEDO, 16 FEBRERO 1624)

      Juan de Mariana, hoy poco conocido popularmente salvo en los ambientes universitarios y de investigación, fue un importante y célebre intelectual de su época. Básicamente historiador y teólogo, también dedicó parte de sus trabajos a lo que hoy llamaríamos filosofía política. Jesuita desde muy joven, vivió dedicado al estudio y, con un punto de malhumor en su carácter mezclado con firmeza en sus principios, no estuvo libre de enredos y conflictos.

      De entrada su vida resultó algo complicada por dónde y cómo nació. Juan de Mariana fue hijo de un deán (canónigo que preside el cabildo de la catedral), Juan Martín, y de Bernardina Rodríguez, un hijo por tanto bastardo o ilegítimo, circunstancia que le acarreó muchas humillaciones a lo largo de su vida. Hay quien advierte que ese nacimiento “fuera de la ley” fuese uno de los motivos de su carácter siempre retraído. Cuentan sus biógrafos el detalle de que, con setenta y tres años y siendo autor famoso, se describiese a sí mismo en una carta al papa como “hombre de ínfima condición”.
      Aunque los acontecimientos externos de su vida apenas ofrecen nada singular pues más allá de una larga rutina no hay grandes relatos que contar, sin embargo, a consecuencia de sus escritos, estuvo en líos prácticamente toda su larga vida. Entró en la Compañía de Jesús, recientemente creada, a los diecisiete años, siguiendo la formación establecida ordinaria de estudio. Pero su precocidad intelectual y la fama que desde muy joven se originó en torno a su inteligencia y sus dotes intelectuales, provocó que a los veinticuatro años fuese llamado a Roma a explicar teología. En esa tarea, pasó allí cuatro años, luego dos en Sicilia y después en la Universidad de París. Pero a los treinta y ocho años abandonó ese tipo de vida y se retiró a la sede de los jesuitas de Toledo donde vivió dedicado al estudio los cincuenta años restantes que vivió.
     (Los estudiosos de su obra y de su vida manifiestan su sorpresa de que una persona que a los veinticuatro años había sido llamado para enseñar en el colegio más importante que la Compañía de Jesús tenía en el mundo, y que después había sido brillante profesor en la Universidad de París, ya a los treinta y siete decidiese apartarse de todo ese mundo intelectual para encerrarse en Toledo, que no era lo que había sido, y dedicarse al estudio y la reflexión. ¿Tal vez un problema de salud?, ¿su carácter misántropo y huidizo?, ¿su afición al estudio?).
     Había nacido en Talavera de la Reina en 1536 (reinaba en ese momento el emperador Carlos I) y murió, como se ha dicho, en Toledo, 16 de febrero de 1624, con Felipe III.

      El padre Juan de Mariana, que siempre compuso en latín siendo normalmente él mismo el que luego traducía sus textos al castellano, escribió, además de relaciones a consultas de la Inquisición, tres obras fundamentales.
      La primera es su gran “Historia General de España”, sin duda la que más se ha leído y que le ha dado más renombre. Una larga narración que abarca hasta la muerte de Fernando el Católico, porque, según sus palabras, "no me atreví a pasar más adelante y relatar las cosas más modernas, por no lastimar a algunos si decía la verdad, ni faltar al deber si la disimulaba". La obra, aunque en muchos casos es citada como una fuente fiable de lo que pasó, siempre ha sufrido dos críticas de mucho relieve. La primera es falta de credibilidad por aceptar como hechos históricos gran número de mitos y leyendas que la crítica histórica rechaza: ha de tenerse no obstante en cuenta, aparte de otras circunstancias como la mentalidad de la época, el avance que se ha producido en los últimos tiempos en los instrumentos a disposición de la historiografía. También se le ha censurado que mezcla la exposición de los acontecimientos con muchas reflexiones morales y filosóficas, lo que sin duda es verdad. La Historia está tan sobrecargada de indicaciones filosófico-morales porque su propósito siempre fue una tarea moralizante y por eso hay quien ha asegurado que más que historia lo que ha hecho ha sido historiografía. De todas maneras se sigue leyendo y estudiando con interés por “su aliento vigoroso y su brillante estilo literario le hacen uno de los clásicos de la lengua castellana”.

      Una segunda obra de interés y que le acabó ocasionando muchos problemas lleva como encabezamiento “Siete tratados” y en verdad toca temas muy variados, la mayoría sobre aspectos teológicos y bíblicos. Pero el que suscitó la atención pública y es el verdaderamente importante es el cuarto, titulado “La alteración de la moneda”. En él, además de explicar algunas reflexiones económicas que podrían entenderse como un anticipo de defensa del liberalismo (como doctrina política y, por tanto, económica, Mariana se inclinaba a abrir una puerta contra todo lo que pudiera suponer control excesivo del gobierno) denunciaba a su soberano, Felipe III, por robar al pueblo y dañar al comercio mediante la degradación del cobre acuñado que “además se añadía a la crónica inflación de precios de España al aumentar la cantidad de dinero en el país. Mariana apuntaba que la degradación y la intromisión del gobierno en el valor de mercado de la moneda sólo podían causar graves problemas económicos”.
      “...no se pueden poner nuevos pechos (impuestos) sin la voluntad de los que representan al pueblo (la Cortes)”; (...) que el rey puede mudar la moneda cuanto a la forma y cuños, con tal que no la empeore de como antes corría. (...) por lo cual, como sea sin daño de sus vasallos, podrá dar la traza que por bien tuviera… mas si aprieta alguna necesidad como de guerra ó cerco, la podrá por su voluntad abajar con dos condiciones: -la una que sea por poco tiempo; -la segunda, que pasado el tal aprieto, restituya los daños a los interesados.” “...el príncipe no es señor, sino administrador de los bienes de los particulares, y no les podrá tomar parte de sus haciendas, como se hace todas las veces que se baja la moneda, pues les dan por más lo que vale menos.”.
      Después de párrafos como los recogidos y otros del mismo jaez o incluso de expresión más dura, parece lógico que el libro causara una inmediata persecución por parte de las autoridades españolas. La Inquisición le procesó y en septiembre de 1609 fue preso y conducido al convento de San Francisco de Madrid. Mariana tenía setenta y tres años, pero mostró firmeza durante el proceso, reconoció que era el autor de los siete libros publicados en Colonia y no se retractó de nada de lo que allí estaba escrito. Tras un año de reclusión en el convento y de haberse comprometido a no reimprimirlo sin hacer en él ciertas correcciones, fue puesto en libertad sin condena y regresó a Toledo.

      Pero el libro que ha suscitado, y aún suscita, la mayor atención, y que también le trajo complicaciones, es el que se ha titulado en la traducción al castellano: “Del rey y de la institución monárquica”, en el que expone cómo ha de ser una monarquía, cuáles son los deberes del rey, cómo ha de subordinarse como cualquier vasallo a la ley moral y al estado y cómo debe ser educado. También analiza qué tipo de gobierno es preferible y propone como máximo valor de un monarca la virtud cardinal de la prudencia, tratando siempre de evitar que los impuestos asfixien a las clases productoras del país.
     Pero donde radica su fuerza y la actualidad de su pensamiento es en la defensa del “tiranicidio”, en la capacidad y derecho que tiene un pueblo para matar a su rey en el momento en que deja de serlo y se convierte en tirano, una doctrina que ya aparecía, aunque con otros matices, en pensadores cristianos como Tomás de Aquino. Convencido de que el mejor sistema de gobierno es la monarquía, sin embargo, estando aún en el Antiguo Régimen, Mariana se opone a que la fuente del poder y la soberanía procediesen de derecho divino. En un estado de naturaleza, el pueblo conserva, aseguraba, su poder político que tenía derecho a reclamar en cuanto el rey abusara de él, además retenía poderes vitales como los impuestos, el derecho de veto a las leyes y el derecho a determinar la sucesión si el rey no tenía heredero.
     Que el pueblo podía matar con justicia a un tirano había sido una doctrina habitual desde hacía mucho tiempo, pero Mariana la desarrolló mucho más. Amplió la definición de tiranía: un tirano era cualquier gobernante que violara las leyes de la religión, que dictara impuestos sin consentimiento del pueblo o que impidiera una reunión de un parlamento democrático. Y defendió que cualquier ciudadano individual podía asesinar justamente a un tirano y podía hacerlo por cualquier método. Y reconoció que el asesinato no requería ningún tipo de decisión colectiva de todo el pueblo. “En realidad, Mariana no pensaba que un individuo pudiera realizar un asesinato a la ligera. Primero, debería de reunir al pueblo para tomar esta decisión crucial. Pero si eso fuera imposible, debería al menos consultar a algunos “hombres graves y eruditos”, salvo que el clamor del pueblo contra el tirano sea tan manifiesto que la consulta sea innecesaria”. Justo al contrario de la opinión de Maquiavelo, sería saludable que los gobernantes temieran al pueblo y se dieran cuenta que un error hacia la tiranía podría hacer que la gente les pidiera cuentas de sus crímenes. (El libro fue quemado públicamente en Francia por orden del parlamento).

Añadimos para el lector interesado la descripción literal que hace Mariana del tirano:

      Debe, en primer lugar, el poder de que disfruta, no a sus méritos ni al pueblo, sino a sus propias riquezas, a sus intrigas o a la fuerza de las armas; y, aun habiéndolo recibido del pueblo, lo ejerce violentamente, tomando por medida de sus desmanes, no la utilidad pública, sino su propia utilidad, sus placeres y sus vicios. Preséntase en un principio blando y risueño, afecta querer vivir con los demás bajo el imperio de unas mismas leyes, procura engañar con su suavidad y su clemencia, mas sólo con la dañada intención de robustecer, en tanto, sus fuerzas y fortificarse con riquezas y con armas, como sabemos por la historia que hizo Domicio Nerón, príncipe excelente durante los cinco primeros años de su imperio. Asegurado ya, cambia enteramente de política y, no pudiendo disimular por más tiempo su natural crueldad, se arroja como una fiera indómita contra todas las clases del Estado, cuyas riquezas saquea movido por su liviandad, por su avaricia, por su crueldad y por su infamia. No hicieron otra cosa aquellos monstruos que en los primeros tiempos de la historia se nos presentan envueltos en una red de fábulas; los Geriones de España, el Anteo de la Libia, la hidra de la Beocia, la quimera de la Licia, monstruos para cuya muerte apenas bastó la industria y el valor de grandes héroes. No pretenden esos tiranos sino injuriar y derribar a todos, principalmente a los ricos y a los buenos, para ellos cien veces más sospechosos que los malos, pues temen siempre menos sus propios vicios que la virtud ajena. Así como los médicos se esfuerzan en expeler los malos humores del cuerpo con jugos saludables, trabajan ellos por desterrar de la república a los que más pueden contribuir a su lustre y su ventura. Caiga todo lo que está alto, dicen para sí, y procuran la satisfacción de sus deseos, sino de un modo manifiesto y apelando a la fuerza, con malas mañas, con secretas acusaciones, con calumnias. Agotan los tesoros de los particulares, imponen todos los días nuevos tributos, siembran la discordia entre los ciudadanos, enlazan unas con otras las guerras, ponen en juego todos los medios posibles para impedir que puedan sublevarse los demás contra su acerba tiranía. Construyen grandes y espantosos monumentos, pero a costa de las riquezas y gemidos de sus súbditos. ¿Creéis, acaso, que tuvieron otro origen las pirámides de Egipto y los subterráneos del Olimpo en Tesalia? Ya en las sagradas escrituras leemos que Nembrot, el primer tirano que ocupó la tierra, emprendió, para fortificarse y extenuar a sus súbditos, la construcción de una torre elevadísima, imponente por sus cimientos y aún más imponente por su mole, torre que pudo dar muy bien lugar a la fábula de los griegos, según los cuales deseando los gigantes destronar del cielo a Júpiter, amontonaron montes sobre montes en Flegra, campo de la Macedonia. ¿Creéis tampoco que Faraón se llevaba otro objeto cuando obligaba a los hebreos a edificar ciudades en Egipto? ¿Con qué otro objeto podía hacerlo que con el de que, domado y abatido por los males, no aspirase a la libertad aquel triste y desgraciado pueblo?

      Sepa, sin embargo, el tirano que ha de temer a los que le temen, que puede muy bien encontrar su ruina en los mismos que le sirven como esclavos. Suprimida toda clase de garantías, desarmado el pueblo, condenados los ciudadanos a no poder ejercer las artes liberales, dignas sólo de los hombres libres, ni a robustecer el cuerpo con ejercicios militares, ni a fortalecer de otro modo el ánimo, ¿cómo podrá al fin sostenerse? Teme el tirano, teme el rey; pero teme el rey para sus súbditos, y el tirano teme para sí de sus vasallos; teme que los mismos que gobierna como enemigos lleguen a arrebatarle su gobierno y sus tesoros. No por otra razón prohíbe que el pueblo se reúna; no por otra razón le prohíbe hablar de los negocios públicos, quitándole, que es ya hasta donde puede llegar la servidumbre, la facultad de hablar libremente y la de oír, la facultad de poder quejarse en medio de los hondos males que le afligen. Como no tiene confianza en sus súbditos, busca su apoyo en la intriga, solicita cuidadosamente la amistad de los príncipes extranjeros a fin de estar preparado a todo evento, compra guardias de otros pueblos de quienes, por ser como bárbaros, se fía, muéstrase pródigo para los soldados mercenarios, en los que cree ha de encontrar su escudo. En tiempo del emperador Nerón, dice Tácito, divagaban por las plazas, por las casas, por el campo, por las cercanías de las ciudades soldados de a pie y de a caballo mezclados con los germanos, en quienes por ser extranjeros confiaba sobre todo el Príncipe.

     No hay más que abrir la historia para comprender lo que es un tirano. Tarquino el soberbio fue, según dicen, el primer rey de Roma que dejó de consultar al Senado. Gobernó la república por consejo propio, concluyó y rescindió por sí y sin anuencia del pueblo tratados de guerra, de paz, de alianzas ofensivas y defensivas con los reyes y naciones que mejor le plugo. Concilióse, principalmente, el favor de los latinos por creerse, como dice Livio, más seguro entre esas tropas extranjeras que entre sus mismos ciudadanos. Mató, según afirma este mismo autor, a los principales padres de la patria sin poner otros en su lugar a fin de que, cuanto menores en número, más desprecio inspirasen a la generalidad del pueblo; llamó a sí el conocimiento de todos los negocios capitales, cosas todas muy características y propias de un tirano. Mas ¿para qué hemos de decir más? Trastorna un tirano toda la república, se apodera de todo sin respeto a las leyes, de cuyo imperio cree estar exento; mira más por sí que por la salud del reino, condena a sus ciudadanos a vivir una vida miserable, agobiados de toda clase de males, les despoja a todos y a cada uno de sus posesiones patrimoniales para dominar solo y señor en las fortunas de todos. Arrebatados al pueblo todos los bienes, ningún mal puede imaginarse que no sea una calamidad para sus súbditos.

ENRIQUE V Y EL PAPA PASCUAL II FIRMAN EL TRATADO DE SUTRI, CON EL QUE PRETENDÍAN PONER FIN A LA QUERELLA DE LAS INVESTIDURAS (9 FEBRERO 1111)

     Lo que en la historia ha quedado definitivamente como “querella de las Investiduras” fue, dicho en lenguaje familiar, una pelea por el poder que mantuvieron determinados papas y algunos responsables de Estado, personificados en dos emperadores. Se trataba por una parte de la intención y propósito papal de imponer la doctrina de que el poder temporal estaba sometido al poder espiritual y ello suponía, por ejemplo, que hasta que un papa no aceptase a un emperador, éste no tenía aún la autoridad, de que el papa estaba por encima de los reyes o emperadores a los que tenía que legitimar. Mientras que a su vez, por la otra parte, el asunto era que el poder civil consideraba tener derecho, tal como se venía haciendo “desde siempre”, a elegir a obispos, regidores, dignatarios eclesiásticos (y hasta al mismo papa), dada la incidencia política, social y económica que traían consigo estas jerarquías supuestamente sólo religiosas. El papa defendía que él era quien elegía los cargos eclesiásticos mientras que los poderes civiles mantenían que ellos no dependían de la voluntad papal.
    A partir de ese planteamiento se fueron sucediendo a través del tiempo diversos incidentes y discusiones. Ello ocurrió entre los años 1075 y 1122, fecha que fija su fin en virtud del Concordato de Worms.
     En febrero de 1111, en torno al día 9, el papa Pascual II y Enrique V firmaron un acuerdo con el que se pretendía poner fin al conflicto. Pero no ocurrió así y el enredo siguió un año más. La querella había sido desencadenada por el Papa Gregorio VII (1073-1085) y el Emperador del Sacro Impero Romano Germánico, el hoy alemán Enrique IV (1050–1056-1106).

     En aquella época los cargos eclesiásticos eran nombrados en muchos casos por los poderes civiles, los reyes. Hay que tener presente que entonces, por ejemplo, un obispo, además de una autoridad religiosa, era sobre todo un poder político, económico y militar. Las diócesis, los arciprestazgos y demás puestos similares, tanto por donaciones privadas como públicas, reunían inmensas riquezas y, aunque también había diócesis pobres y de escaso valor representativo, otras estaban encumbradas en todos los órdenes civiles, formaban parte de la corte e intervenían en las grandes decisiones del estado. Recuérdese que a veces los titulares ni aparecían por sus sedes eclesiásticas, siempre pendientes de su prestigio y poder personal y de los graves asuntos públicos. En estas condiciones parece lógico que al rey le interesara poder nombrar y destituir a quien casi podía hacerle sombra.
    Y aquí vino el problema, cuando el año 1075 el recientemente nombrado papa, el monje Hildebrando, Gregorio VII, promulga un decreto en un tono muy mandamás y firme en el que, a través de 27 puntos, trata de modificar el statu quo vigente.
    Viniendo como venía de vivir en un convento y con la mentalidad de la preponderancia de lo espiritual sobre lo material, establece la absoluta supremacía del papa, manifestando que sólo él tiene el poder de nombrar obispos y demás cargos eclesiásticos. Pero no solo es eso sino que su concepción del papado le lleva a exigir también el sometimiento del emperador y los príncipes que están subordinados al papa. cuyo nombramiento tiene que ser refrendado por él. En definitiva, preconiza la teoría del poder omnímodo de la iglesia sobre toda soberanía y jerarquía temporal.
    (Al mismo tiempo, en el ámbito eclesiástico, prohíbe la venta de cargos eclesiásticos y exige a los clérigos vivir célibes, de acuerdo al decreto que el papa Nicolás II había preconizado unos años antes, si bien en ese momento del devenir histórico se impuso esta condición para evitar el carácter hereditario de los feudos y propiedades ante una posible descendencia y los derechos de los hijos).

     Como era previsible, no aceptó el emperador Enrique IV esta doble pretensión papal, especialmente la de colocarse por encima de los reyes, transformando el papado en una especie de rey universal, sobre todo y sobre todos y no modificó sus prácticas: siguió nombrando obispos en Alemania, más aún, nombró arzobispo en Milán, territorio que había rechazado de cuajo las nuevas directivas papales. Y así empezó una serie de trifulcas entre los dos, Gregorio VII y Enrique IV, que con los debates teóricos de uno y otro bando, es lo que se llama la “querella de las investiduras”. ¿Tenía el papa derecho a investir como tal al emperador?, ¿era el poder religioso, papal y eclesiástico, un poder de poderes ante el que tiene que someterse cualquier otro o, por el contrario cada uno en su sitio? Más o menos así es ahora pero en aquellos tiempos de comienzo del siglo…

   Gregorio VII llama la atención al emperador por su desobediencia; este por su parte convoca a un conjunto de obispos que lo apoyan y se niegan a reconocer las nuevas directrices; el papa recurre a la excomunión y lo destituye de la corona imperial; Enrique decide entonces pedir perdón al papa y reconciliarse con él para lo que marcha a la población de Canosa, donde el pontífice se encuentra, y tras pasar tres días y tres noches de invierno a la puerta del castillo, es recibido por el papa que le perdona, le levanta la excomunión y le restablece en su puesto por lo que ya sus enemigos no tienen excusa para exigir su cese; no obstante, mientras tanto, estos, aprovechado la ausencia del viaje a Italia, han elegido a su cuñado Roberto de Suabia; Enrique exige de Gregorio una condena firme para Roberto y, al no obtenerla, convoca de nuevo a los obispos partidarios suyos; el papa confirma al cuñado; y el emperador destituye al papa nombrando un antipapa, Clemente III. Con lo que en la práctica ya hay dos papas, dos emperadores y un conflicto sangriento ente ambos en el que sufrió todas sus consecuencias el pueblo de Roma.
     El papa, que ha huido a Salerno, muere en 1085 y es sustituido por Víctor III (1086-1087), al que costó convencer pero que, dada la brevedad de su reinado, solo intervino en esta querella para confirmar la excomunión de Enrique. Urbano II (1088-1099), que ha pasado a la historia por haberse “inventado” las cruzadas al convocar la primera, aunque lo intentó con otra refriega sangrienta que sufrió horriblemente también el pueblo romano, apenas pudo vivir en Roma por estar ocupada por el antipapa Clemente III.
     Le sucedió Pascual II (1099-1118) que ensayó sin resultado similares procedimientos a los empleados por sus antecesores pero en 1106 moría Enrique, pasando el trono imperial a su hijo Enrique V. Y, aunque este al principio mantuvo la misma intransigencia, (habían muerto tanto Clemente III como sus sucesores) poco a poco se fueron acercando las posturas entre ambos, el papa Pascual y el nuevo emperador. A Pascual, más pegado a la realidad le parecieron algo exageradas las pretensiones de su antecesor Gregorio y el nuevo emperador por su parte trataba de llegar a un acuerdo para poder ocuparse de otras cuestiones. Así en líneas generales, los clérigos se dedicarían solo a la tarea religiosa y renunciarían al poder temporal y a sus posesiones de concesión real mientras que el emperador lo hacía a su vez a intervenir en los nombramientos eclesiásticos. Con el acuerdo cerrado (hay diversas interpretaciones, que ahora no procede exponer, sobre este acuerdo en cuanto a si fue impuesto por Enrique y otros matices), se decidió dar carácter público al documento en una ceremonia, a celebrar en Roma el 9 de febrero de 1111, en la que al mismo tiempo el papa investiría a Enrique emperador. El caso fue sin embargo que, leyendo el pontífice el documento, los clérigos presentes (abades, prelados y demás dignatarios eclesiásticos incluidos los cardenales) viendo que a fin de cuentas todo se arreglaba con el precio de que ellos perdieran sus riquezas, se amotinaron, impidiendo al papa finalizar la lectura del documento. El emperador mandó a sus tropas a detenerlos y aquello acabó de la peor manera posible.
     Pascual se vio obligado a firmar un nuevo documento, esta vez del emperador, que, una vez en libertad y ante las presiones de los cardenales, desechó, volviéndose de nuevo a la coacción, la violencia y la excomunión de Enrique V. “La querella de las investiduras, que por un fugaz momento pareció llegar a su fin, se intensificó si cabe. Pascual II murió en 1118 sin haber avanzado en el camino de la solución”.

     Pero el acuerdo final estaba cerca. La querella se mantuvo hasta la llegada del Papa Calixto II (1119-1124), sucesor de Gelasio II (1118-1119), que lo había sido de Pascual, quien firmó el Concordato de Worms en 1122 confirmado muy poco después por el Concilio de Letrán (1123).

ALARICO II, REY DE LOS VISIGODOS PROMULGA LA LEX ROMANA VISIGOTHORUM O BREVIARIO DE ALARICO (2 FEBRERO 506)

    En principio Alarico II (484-507) es uno más de la lista (33) de reyes visigodos que gobernaron en nuestra península. Hijo de su padre, el rey Eurico (466-484), le sucedió a su muerte. (En el reino visigodo no estaba establecido con carácter obligado y obligatorio la sucesión de herencia padre-hijo sino que eran los influyentes quienes decidían en cada caso, aunque naturalmente ser hijo del fallecido era un mérito preeminente. Esta circunstancia, que ofrecía sus ventajas, tenía el efecto perverso de que originaba tensiones y enemistades entre las diferentes familias principales que trataban de imponer como rey a algunos de sus miembros, lo que llevó en algunas ocasiones a asesinar simple y llanamente al que gobernaba).

    De carácter poco expeditivo, y algunos aseguran que hasta con un talante medroso, asustadizo, poco resolutivo y poco genio, algo que en más de un momento molestó a su corte y a sus nobles, dialécticamente su vida estuvo ligada a los dos reyes que gobernaban los estados limítrofes y que condicionaron su reinado. Con Teodorico el Grande, rey de los ostrogodos, que dominaban parte de lo que hoy es el Sur de Francia e Italia, que, entre otras cosas, le ofreció a su hija Teodegonda, con la que se casó. Y con Clodoveo, que tras agrupar y dominar a todas las tribus francas, ocupaba la parte Norte de lo que hoy es Francia.
    Cuando Alarico sube al trono, el reino de los visigodos se extiende no solo por gran parte de la península ibérica (quedaban fuera controlados por los suevos, el norte de Portugal, Galicia y la costa cantábrica) sino que incluía también el centro y la zona más próxima a los Pirineos, la Aquitania. La capital estaba en Tolosa (Toulouse) y por ello es llamado en la historia el “Reino visigodo de Tolosa”, al que Eurico había convertido en el estado más poderoso de occidente.
    Así las cosas, parecía inevitable un enfrentamiento Alarico-Clodoveo o, lo que es lo mismo, los visigodos y los francos. Enfrentamiento que efectivamente se produjo en la batalla de Vouillé, decisiva por el control de Galia, como se ha dicho, entre visigodos y francos ocurrida en la primavera de 507. En ella murió Alarico, venció Clodoveo y ello obligó a que Gesaleico, su hijo y sucesor, se replegara hacia Hispania, quedando la capital en Toledo y el reino visigodo circunscrito ya al territorio peninsular.

    Básicamente dos fueron los hechos relevantes que marcan su reinado y su época. El primero de ellos está relacionado con la religión, que sobrepasaba el ámbito eclesiástico y condicionaba toda la vida pública, política y social. Hasta el punto de que una herejía o la defensa de una afirmación teológica, por muy elevada y compleja que fuera, provocaban un montón de conflictos y, en más de una ocasión, hasta guerras. Eso fue lo que ocurrió con la franco-visigoda y la citada batalla de Vouillé.
    Circulaba en estos años una concepción de la esencia de Dios que la Iglesia consideraba hereje. La defendía un tal Arriano, un sacerdote de Alejandría, y ya había sido condenada en el Concilio de Nicea el año 325. Sin entrar en muchos matices teológicos en este artículo pues lo que interesa es el poder político que arrastraba, a diferencia de la posición oficial de la Iglesia que considera a las tres personas de la S. Trinidad formando parte de la misma esencia divina y en igualdad de condiciones, el arrianismo daba preeminencia al Padre sobre el Hijo y el Espíritu Santo. El caso es que, mientras los visigodos eran en aquel momento arrianos, los otros pueblos y los ciudadanos que se podían considerar romanos porque estaban allí cuando llegaron estos pueblos, defendían el dogma de la Iglesia, eran lo que se llama cristianos. Al abandonar Clodoveo el arrianismo y convertirse al cristianismo tras su matrimonio con la princesa cristiana Clotilde, consiguió el apoyo de sus nuevos correligionarios, lo que añadido a su gran ejército le dio la victoria en la citada batalla. Y de alguna manera la convirtió en una guerra religiosa.
    (Por mucho que a primera vista hoy pueda sorprendernos esta preeminencia social y política de una verdad teológica para promover una guerra, sería bueno recordar cómo aún subsisten en nuestra época situaciones aparentemente lejanas de este convencionalismo pero que en el fondo se mantienen. La guerra de los Balcanes, por citar un ejemplo, estuvo influida sin duda por las religiones.
    Por otra parte se puede recordar que los visigodos renunciaron al arrianismo y abrazaron la fe cristiana un poco tiempo después. Recadero 586-601, fue quien lo decidió).

    Cuando los visigodos se establecen en España, sobre todo al principio porque luego acaban fundiéndose en una sola población, convivían dos etnias, dos pobladores, dos formas de vida. Una es la de quienes estaban aquí, a los que se les llama romanos o tardorromanos, y otra la de los que vienen. Las costumbres y las leyes de cada una de estos dos grupos son suficientemente diferentes y eso genera un problema, incluso para la convivencia. Imaginemos, por contarlo de una forma más plástica, que los que llegan, los pueblos que vinieron del norte hubiesen sido, por ejemplo, polígamos y que se encontraran a nuestros antiguos romanos dentro de la monogamia. ¿Qué hacer en ese caso, qué permitir y qué prohibir? Eso llevó a que algunos reyes visigodos establecieran dos códigos, dos legislaciones diferentes.
    Es lo que ocurrió con Eurico, el padre de Alarico, que estableció un código (Codex Euricianus o Código de Eurico) con la característica de que solo se podía aplicar a los visigodos, a su pueblo, porque básicamente recogía y era un compendio de sus costumbres y modos de vida.
    En este contexto Alarico decide elaborar un código pero en esta oportunidad dirigida a los romanos, a los que estaban aquí cuando ellos (los visigodos) llegaron a esta tierra: Breviario de Alarico (o Lex Romana Visigothorum), que en realidad lo que se hace es recoger el derecho romano vigente. A diferencia del código de Eurico, que recogía el derecho práctico, el Breviario recopila el derecho oficial de los romanos, que ya estaba incluido en varias y muy importantes recopilaciones y códigos, de donde las toma, añadiendo siempre algún comentario o interpretación para su más fácil comprensión.
     El texto fue preparado por una comisión de cinco intelectuales dirigida por el jefe de palacio Goyarico. Una vez redactado, se presentó en una asamblea en la que estaban presentes todos los responsables del reino (nobles, obispos…, incluido el propio rey y en la que fue aprobado, siendo promulgada por Alarico II, en la ciudad de Tolosa, aún capital del reino, el 2 de febrero de 506.

    Las razones que pudieron llevar al rey a decidir este trabajo parece que fue el deseo de congraciarse “el favor de las clases superiores y más cultas de la población romana de las provincias galas y sobre todo de las hispanas en las que habrían de asentarse, y especialmente de la Iglesia católica que representaba a dicha población. Nada mejor para ello que inclinarse por el Derecho romano más culto”.
    Todo esto significa que la minoría aristocrática visigoda se sentía continuadora de alguna manera del Imperio romano.