LA CONQUISTA DE MÉJICO

MOCTEZUMA I              (Los aztecas)

   Los aztecas creían que el mundo había existido ya varias veces consecutivas. Concretamente, cuatro. Una duración había sido dominada por la materia, otra por el agua, la tercera por el viento y la cuarta por el fuego. En su opinión estamos en la quinta, que es la del Sol, que vive y se alimenta con la sangre especialmente humana, de la que necesita para su subsistencia. Y que se encarna en Huitzilopochtli (Vichilobos, le llamaban los españoles) que tiene como misión someter a todas las naciones de la tierra. La vida del Sol es la que alienta esta quinta era en la que existimos y nos movemos.
        Es por tanto la primera obligación de los creyentes dar su sangre al Sol y buscarle toda la que sea necesaria para que se conserve fresco y lozano y pueda a su vez darnos a nosotros la vida. El pueblo elegido debe ser fiel a este compromiso para no caer en pecado y por ello en desgracia. Todo lo que no sea favorecer este imperativo será castigado severamente por los dioses guardadores del Sol. A Huitzilopochtli lo representaban con unos ojos dramáticos y tenía el vientre rodeado de grandes serpientes de oro.
      Para cumplir con la liturgia "se hacían muchos sacrificios de sangre así de las orejas como de la lengua; otros se sacrificaban de los brazos y del pecho y de otras partes del cuerpo pero porque en esto de sacarse un poco de sangre para echar a los ídolos es como quien esparce agua bendita." El rito del sacrificio se hacía así: "Tenían una piedra larga en la que tendían a los desventurados de espaldas y con el pecho muy tenso porque les tenían atados los pies y las manos. El sacerdote con un navajón, como el pecho estaba tan tenso, abría al desventurado y de presto le sacaba el corazón con el que hacía una mancha en el umbral del altar de la parte de fuera." Todo este proceso suponía la antropofagia y la embriaguez como parte del rito. Y como el ansia de sangre que tiene el Sol, según los sacerdotes, era tremenda, los aztecas se veían obligados a buscar cautivos y esclavos entre los pueblos que dominaba, para satisfacer esa demanda de carne humana. Cuando los españoles entraron en la sala de los sacrificios, había un ambiente vomitivo. Las paredes y el suelo chorreando sangre, así como los sacerdotes que tenían horribles mutilaciones. Se veían esparcidos trozos de carne humana. Algún historiador ha cifrado en 20.000 las víctimas sacrificadas en un año.

Cultura de la guerra
        Los aztecas habían venido del norte. Como otras tribus de la misma familia, huían de los ambientes inhóspitos en los que la nieve hacía difícil la existencia y buscaban climas más cálidos que facilitaran un sistema de vida más razonable.
       Pero su camino no había sido de rosas ni lo habían recorrido saludando afablemente a las tribus autóctonas con las que se encontraban porque la lucha por la supervivencia siempre es cruel y despiadada y ellos mismos tampoco se andaban con chiquitas. Precisamente en su deambular por los caminos se toparon con una tribu llamada de los culhúas y no tuvieron otra cosa que hacer que desollar viva a la hija del jefe y sacrificarla a sus dioses. Por ello de ésta y otras aventuras de ese estilo, les vino la fama que tenían entre los pueblos vecinos, de pendencieros, crueles, depredadores, ladrones y falsos a su palabra. Lo que se dice, una joya.
   El imperio azteca se sostenía en el dominio y vasallaje de una multitud de pueblos sometidos que se limitaban a pagar tributos pero que no asimilaron esa cultura dominante. Posiblemente ni siquiera se interesaran por ello los propios aztecas a los que les bastaba cubrir las necesidades que surgían de sus obligaciones religiosas y las que derivaban de su propia subsistencia. Y como eran poderosos, supieron crear un mercado floreciente, que sorprendió a los conquistadores. Periódicamente enviaban a sus agentes a reclamar los impuestos y gravámenes en personas y mercancías y no volvían a tener contacto con esas tribus. Fueron precisamente estos pueblos, especialmente los tlaxcaltecas y tetzcocanos aliados de Cortés, los que, hartos del dominio azteca, ayudaron a los españoles en su conquista.
       Su civilización era bastante compleja, lo que sorprendió a los españoles que notaron en seguida el fuerte contraste con el bienestar templado en que se vivía en las islas del Caribe.

Conservadores y progresistas
     Pero en la clase dirigente había también otra forma de pensamiento diferente a la conservadora místico-guerrera. Bien es verdad que era un partido minoritario pero ejercía de conciencia crítica sobre la permanente huida hacia adelante de los seguidores de Huitzilopochtli que cada vez eran más exigentes.
       Los progresistas cuestionaban la intransigencia de ese espíritu guerrero y hablaban de un dios más cercano y más próximo a los hombres. Esta corriente de opinión había asumido la antigua cultura tolteca, un pueblo pacífico que había sido absorbido por los aztecas y que practicaban una religión mucho más templada y humana. "Sólo un dios tenían, / lo tenían por único dios, / lo invocaban, le hacían súplicas, / su nombre era Quetzalcoatl" cantaban en un himno religioso los antiguos toltecas. Una vez unos hechiceros le pidieron que siguiera el rito de los sacrificios humanos pero él nunca quiso porque "amaba mucho a su pueblo."
     Por eso a la hora de juzgarlos, las cosas no son tan sencillas, sobre todo cuando los testimonios son interesados. De los aztecas hay suficiente información como para tener una opinión meditada. A pesar del eterno argumento de los intransigentes (o estos libros dicen los mismo que los textos sagrados y por tanto son inútiles o dicen algo diferente y por ello son heterodoxos, por lo que en ambos casos merecen ser quemados) que destruyeron mucha información cuando la conquista, quedan reseñas tanto de su vida como del proceso de la conquista desde la visión de los vencidos. Códices con jeroglíficos ideográficos y narraciones en lengua nahuatl con caracteres del abecedario castellano. Cantares compuestos por poetas indígenas supervivientes o narraciones que se tomaron de la tradición oral de otros documentos. Sirva como ejemplo la "Historia general de las cosas de Nueva España" que recoge testimonios de viejos indios que fray Bernardino de Sahagún se dedicó a tomar.
        En el lado opuesto están las opiniones de los pueblos sometidos cuyos testimonios sobre las virtudes aztecas no podían ser muy favorables. Y luego los conquistadores que naturalmente necesitaban justificarse en nombre de la cultura y sólo apreciaron lo escandaloso.

Quetzalcoatl
      Todas las religiones tienen en su esquema conceptual el pronóstico de una segunda venida o el regreso de quien vendrá a poner las cosas en su sitio. Convencidos de la transitoriedad de esta vida y descontentos con la realidad de cada día, que es injusta, pecadora y descreída, incluyen en su escatología un final de los tiempos en el que se resolverán las frustraciones de la vida. Es un tipo de espera que sirve como terapia y arquetipo de la felicidad. Y esta utopía de la segunda venida también la consideraban los aztecas. La referían a Quetzalcoatl.
       Pero el aplazamiento permanente de esta esperanza humana en un bien futuro, el no fijar fecha y dejarlo para más adelante sin saber cuándo, resuelve la tensión que produciría su llegada. Una mezcla de temor e ilusión rodean esta profecía porque si es verdad que con su cumplimiento todo empieza, también lo es que todo acaba y no es fácil la certeza de que será necesariamente bueno el futuro. Una cosa así les pasaba a los aztecas cuando alguien recordaba “la profecía”, por lo que el tema se tocaba de pasada.
    Quetzalcoatl era probablemente el dios más popular entre los mejicanos porque lo respetaban todos los pueblos nahuas que habitaban esta zona del mundo. Se le representaba en forma de Serpiente Emplumada y generalmente se le consideraba el dios de los vientos. Un dios tribal que, después de civilizar a su pueblo, se había marchado hacia oriente dejando el mensaje de su regreso de salvación. Seguramente el pensamiento de los naturales de estas tierras confundió al dios con un sacerdote del mismo nombre del que habían recibido la sabiduría y el conjunto de todas las artes. Que vivía en la meditación, la abstinencia y la castidad hasta que desapareció un día de un año 1-Caña en el golfo de Méjico. Era el dios-hombre de la esperanza. Lo imaginaban de color blanco y con largas barbas.

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     Moctezuma I había nacido en 1390 y murió en 1469, siendo emperador azteca desde 1440 hasta su muerte.
    Por su carácter y energía fue llamado de sobrenombre "rayo del cielo" o "cólera divina" o simplemente "el colérico."
  Con él empieza el verdadero imperio azteca, que en realidad era una confederación formada por Méjico, Tezcoco y Tlacopán.
   Los aztecas o mexicas fueron una de las tribus que se llamaron a sí mismas "nahuas" porque hablaban el idioma "nahuatl". Llegaron al valle de Méjico en 1215 y fundaron la ciudad de Tenochtitlán (Méjico) en una zona pantanosa en el siglo XIV. Según su doctrina oficial la elección del sitio vino dada porque se habían cumplido las profecías que anunciaban que encontrarían la tierra de promisión cuando vieran un águila comiendo una serpiente. Sus enemigos dicen que se establecieron allí porque habían sido rechazados por todas las tribus vecinas debido a la mala fama que tenían y a su espíritu guerrero, que les hacía intratables.
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MOCTEZUMA II           (El cumplimiento de los presagios)

       La posibilidad del regreso de Quetzalcoatl empezó a barruntarse hacia 1506-1507 de la era cristiana cuando apareció en el cielo una cosa maravillosa y espantosa al mismo tiempo, al decir de los cronistas, que parecía una llama de fuego muy grande que se levantaba por oriente después de la media noche y desaparecía al llegar la mañana. Su luz era tan intensa como a pleno día. Y este fenómeno duró al menos un año. Los sacerdotes lo interpretaron como una señal de alarma, como el anuncio de que iba a ocurrir alguna gran desgracia, que era lo que todos sospechaban.
      Poco a poco las cosas se fueron complicando. Un tiempo después se incendió un templo de tal forma que el agua que echaban para apagarlo más parecía hacer crecer las llamas, hasta que al final todo quedó reducido a cenizas. En otro templo cayo además un rayo cuando llovía apaciblemente y no había ninguna señal de tormenta y no hubo trueno ni ruido de ninguna clase.
     Y así se les fue enturbiando la vida a los aztecas con las señales que no paraban de producirse. Una voz de mujer, la de la diosa Madre, se oía por las noches gritando: "¡Hijos míos, ya nos perdemos! ¿Dónde os llevaré?" Y así hasta ocho señales diferentes, que los sacerdotes siempre interpretaban en el mismo sentido. Lo último fue la aparición de monstruos en cuerpos contrahechos que, una vez que se los presentaban a Moctezuma, desaparecían sin dejar rastro.
        El desconcierto empezaba a extenderse por todas partes y los adivinos echaban mano de sus conocimientos y la imaginación para averiguar por donde vendrían los tiros. Que si el imperio estaba en peligro, que si serían derrotados por un gran ejército, que si los dioses les castigarían con pestes o temblores de tierra por no haberles sacrificado las víctimas necesarias. Alguien recordó que el dios-hombre Quetzalcoatl se había marchado hacia oriente, prometiendo su regreso algún día. Puestas así las cosas, esto no era necesariamente malo.
     Con todo ese ambiente, cuando aparecieron los primeros navíos españoles, a los que estaban en la costa y nunca habían visto a nadie venir por el agua ni pensaban que fuera posible les causó un gran espanto y admiración lo que estaban viendo y corrieron a dar cuenta a Moctezuma de la noticia. Hacía ya algún tiempo que se comentaba que se habían visto en el mar casas flotantes y eso les tenía en guardia, pero ahora venían también seres vivos en forma de hombres.

Los dioses
     Todo ese lio de los presagios había originado entre la clase política y religiosa más influyente uno de los debates teológicos más enconados que se recuerdan de la época. Solo que la llegada de los españoles les había puesto más nerviosos.
      Los dos bandos estaban claros. El grupo de los sectores ortodoxos tenían por cierto que se habían cumplido las profecías y era llegada la hora del regreso de Quetzalcoatl. Ya lo venían diciendo desde que aparecieron las señales adivinatorias y esta realidad confirmaba sus predicciones. ¿No estaban acaso en un año 1-Caña, el mismo en el que había nacido Quetzalcoatl y también el mismo en el que había salido para oriente?
     Pero los racionalistas no acababan de convencerse de que los recien llegados fueran dioses y buscaban explicaciones provisionales a la espera de comprobar documentalmente su naturaleza. Con las primeras informaciones, por ejemplo, habían afirmado que los llamados barcos no eran sino peces voladores o pequeños monstruos que a veces, decían, aparecen en el mar.
     Por su parte Moctezuma se movía entre la astucia del político y la fe del creyente. Su espíritu estaba extrañamente inquieto y pensaba que lo mejor era ganar tiempo y así entre la incertidumbre, la estrategia y el recelo, jugaba a la ambigüedad y enviaba recados de reverencia a Hernán Cortés para que al tiempo sus enviados le trajeran información precisa que aclarara el barullo. Y por si acaso, le mandó las ropas de Quetzalcoatl que estaban guardadas en el templo y le recibió como a alguien que volvía a su casa y a su pueblo.
      Pero la gente de la calle, que era más inculta y por tanto más timorata, empezó a dejar a un lado las disquisiciones bizantinas y aceptó de entrada que los navegantes eran sin lugar a dudas dioses y como a tales empezó a llamarles y a temerles. La tensión era bastante contradictoria. Por una parte, la llegada del hombre-dios que había vivido siempre de manera ejemplar y era un ser muy sabio y muy cariñoso tenía que traer necesariamente la buena nueva a su pueblo y desde ese punto de vista las cosas se presentaban con razonable optimismo. Pero los sacerdotes, quizá porque temían perder el poder, seguían diciendo que las señales y los presagios no eran favorables. Y la verdad es que cualquier cambio, sobre todo si es una ruptura total con lo que se está viviendo, produce mucha inquietud a cualquier ser humano.
        Por eso la situación era muy compleja y difícil para todos. Además, uno puede creer que los dioses adoptan cuerpos humanos para visitar el mundo de los mortales, como decían los libros sagrados, pero de ahí a tocarlos, verlos, hablarles y convivir con ellos hay mucha diferencia. El propio Moctezuma, cuando oyó la narración que le hicieron sus emisarios no sólo del aspecto físico de los españoles (eran blancos y con barba como por tradición se decía que era Quetzalcoatl) sino sobre todo de su capacidad de hacer prodigios, se espantó muchísimo, comenzó a temer, a desmayarse y a sentir gran angustia. Pensó incluso huir y esconderse en alguna cueva o irse de este mundo al infierno o al paraíso terrenal o a algún otro lugar secreto. Y su temor se acentuó cuando envió a los nigromantes y adivinos para que le cerraran los caminos y vió que eran totalmente ineficaces.
    Moctezuma era en verdad un personaje más de maneras que de fondo. Como esas personas que anteponen la formalidad y el rito a cualquier otra cosa. Por eso lo describen como serio, religioso, pulcro, autoritario, duro y preocupado por el orden, la obediencia y la disciplina.

Los hombres
     Luego poco a poco las cosas se les fueron aclarando a los mejicanos. Habían llegado incluso a creer que eran seres mitológicos, mezcla de ciervo y hombre, los que cabalgaban sobre caballos. Ciervos de Castilla los llamaron. Y hasta eso se les derrumbó.
     En la convivencia apreciaron sus defectos, su avaricia por el oro, al que buscaban por encima de todas las cosas. Vieron que venían en son de guerra y no soltaban bondad por ninguna parte y que incluso se aliaban con los pueblos enemigos para conquistarlos más fácilmente y tenían un dios de la guerra al que llamaban Santiago y al que invocaban en las batallas. Era verdad que tenían unas armas muy poderosas, pero eso sólo significaba que eran más fuertes pero de ninguna manera formaban la corte de Quetzalcoatl. Para colmo ni siquiera se lavaban.
     Y como humanos, eran crueles y despiadados con las personas y no respetaban ni sus tradiciones ni a sus dioses a los que destrozaban en cuanto podían. Por eso llegaron a la conclusión de que en lugar de ser teteos -dioses- eran popolocas, es decir, bárbaros. Y desde ese momento comprendieron que era una lucha sin cuartel por la supervivencia de forma que o les derrotaban o eran aniquilados. Y en la tesitura en que estaban, no cabía otra opción. Ello explica que se sublevaran incluso contra Moctezuma, que se había pasado al enemigo y los había traicionado.

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     Moctezuma II, el joven, nació en 1466. Era sumo sacerdote cuando fue elegido para suceder a un tío suyo como emperador azteca en 1502. Estaba en el poder cuando llegaron los españoles.
      Murió en junio del año 1520 a consecuencia de las heridas que recibió al ser apedreado por sus súbditos una vez que Hernán Cortés le obligó a arengar a la multitud para aplacarla en su deseo de venganza a los españoles. Entonces ya había perdido todo su prestigio porque los aztecas habían percibido su traición. Los cronistas indígenas dicen sin embargo que fue asesinado por los españoles.
     Cuando Hernán Cortés preguntó por primera vez cómo era, los enviados se lo describieron como hombre de mediana edad, ni viejo ni gordo y delgado y enjuto. Bernal Díaz del Castillo lo describe como "de buena estatura y bien proporcionado, cenceño, de pocas carnes, ni muy moreno sino del color propio de indio. El rostro algo largo y alegre y los ojos de buena manera y mostraba en su persona en el mirar por una parte amor y cuando era menester, gravedad.
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DOÑA MARINA         (Los trabajos de los lenguas)

        Aunque casi toda su vida la pasó guerreando con la palabra y viviendo de la milicia, si doña Marina era o no de armas tomar, es algo que no está muy claro entre los cronistas porque el perfil que describen siempre es de consideración y respeto ante alguien superior. En ello posiblemente influya el agradecimiento a su trabajo porque es evidente que, sin su colaboración, o no se hubiera llegado a Méjico o se hubiera hecho con muchas más dificultades y muchos más problemas. Pero también debió influir y mucho, su propia personalidad, que sobresalía entre sus compañeros de ejército. Marina o doña Marina tenía "mucho ser", y era "señora de vasallos y bien se le parecía en su persona."
       Dos detalles del lenguaje ofrecen una pista muy clara de la servidumbre que le tenían unos y otros, invasores e invadidos, españoles e indígenas. La india regalada a Cortés por los naturales de Tabasco como esclava y bautizada después con el nombre de Marina, era doña Marina, título que ni el capitán general tenía, aunque hubiese pasado un par de años en Salamanca. Doña Marina no era bachiller, no había estudiado a Aristóteles ni conocía las artes liberales pero consiguió los grados académicos por su personalidad, fortaleza y su "ser", es decir, su valor metafísico.
      Además, en ella se dio una transferencia insólita para la época e incluso en nuestro tiempo. Los españoles habían traducido su nombre natural de oídas por Malinche y así la llamó todo el mundo. Pero esta palabra dejó de usarse como nombre propio y pasó a ser sinónimo de jefe, rey, capitán y cosas por el estilo. Y hasta al propio Cortés se le llamó Malinche. El nombre de una esclava como signo de distinción cuando todavía hoy es la mujer la que recibe el apellido del marido.
      Doña Marina, "hermosa como diosa," dicen los que la conocían, que era de natural simpático, parlanchina pero prudente, elegante con recato y con la mirada misteriosa y sugerente de sus antepasados orientales. Bernal Díaz del Castillo, narrador y protagonista de la conquista de Nueva España, asegura que era "gran cacica e hija de grandes caciques" y también "de buen parecer y entremetida y desenvuelta." Sin embargo Hernán Cortés no debió apercibirse al principio de todas esas buenas cualidades cuando la cedió en el reparto a Hernández de Portocarrero, que "era muy buen caballero y primo del conde de Medellín." Y es más sorprendente todavía su despiste cuando se leen en los cronistas de la época las críticas que a veces le hacían por su falta de justicia en el reparto de las indias guapas. Y tampoco se entiende que esperara el regreso a Castilla de Portocarrero para tomarla consigo cuando era dueño y señor de vidas y haciendas.

Los españoles
       Oficialmente doña Marina fue para Hernán Cortés una lengua, como se llamaba entonces a los intérpretes y a ella correspondió traducir a los aztecas todo el discurso de los españoles, algo bastante complejo por las condiciones en que tuvieron que hacerlo. La cosa funcionó de la siguiente manera: Al llegar a las costas del Yucatán donde vivían los mayas, los españoles tuvieron la suerte de encontrar a un compatriota, Jerónimo de Aguilar, que a causa de un naufragio había vivido con estos pueblos y aprendido su idioma. A su vez como doña Marina era azteca y luego había vivido con los mayas de Tabasco, sabía hablar ambos idiomas. La solución, pues, era fácil: Jerónimo de Aguilar traducía al maya el discurso dicho en castellano y luego doña Marina lo pasaba al nahualt, es decir, al azteca. De esa forma Hernán Cortés se entendió con Moctezuma. Pero es lógico pensar las dificultades que tendrían para explicar por este procedimiento los dogmas y misterios de la religión cristiana y el sistema político-administrativo del Estado español, si además se tienen en cuenta las mentalidades tan dispares de los interlocutores.
       Pero doña Marina en la práctica hizo de ministro de asuntos exteriores, jefe de relaciones públicas y de protocolo, consejera personal y pacificadora de indios. Luego y además, pero no sobre todo, fue compañera, amante y madre de un hijo de Hernán Cortés. "Fue gran principio para nuestra conquista, y así se nos hacían todas las cosas, loado sea Dios, prósperamente." Acostumbrada a traducir el pensamiento de su jefe a los indios, llegó un momento en el que interpretaba el discurso de los españoles como algo propio y no necesitaba las palabras castellanas para presentar argumentos en una empresa a la que defendió con lealtad y de la que se sintió orgullosa en participar porque "Dios le había hecho mucha merced en quitarla de adorar ídolos agora y ser cristiana, y tener un hijo de su amo y señor Cortés y ser casada con un caballero como era su marido Juan Jaramillo." Su cercanía al poder y la autonomía de que gozó, resolvieron a los conquistadores muchos problemas de comunicación.
     Doña Marina, por citar alguna intervención notable, está implicada en la historia oficialista de la llamada matanza de Cholula. La versión de los españoles es que fue ella la que descubrió la traición de los chaltecas porque una cacica le animó a casarse con un hijo suyo y en la conversación le confió el secreto de lo que preparaban. La leyenda negra ha culpado siempre a los conquistadores de que fue una acción desproporcionada y sin ninguna justificación. El propio Cortés dice que murieron más de tres mil índios en poco más de dos horas.
     El asunto de los amores merece consideración aparte. A los españoles les estaba absolutamente prohibido tener relaciones sexuales con personas "fuera de la ley", es decir con paganas. Pero la solución era fácil. Bastaba el bautismo para hacerlas cristianas y así el pecado era contra el sexto mandamiento mas no contra la fe ni contra le ley del gobierno español. En esta situación proliferaron las violaciones, pero también la seriedad como en el caso que nos ocupa, en el que cuando Cortés aceptó el obsequio de las veinte esclavas. el padre Olmedo las bautizo sólo después de haberles predicado "muchas buenas cosas de nuestra santa fe."
     Marina, o doña Marina, fue para Hernán Cortés durante la conquista de Méjico, la amante oficial, una barragana que le dio un hijo bastardo, Martín Cortés, nombrado luego comendador de Santiago. En la época del descubrimiento y sobre todo tratándose de indias, la posición social de la segunda mujer era una institución relativamente aceptada que no planteaba especiales problemas, especialmente en lo referente a los hijos. Bastardos famosos ha habido en la historia, que han ocupado puestos importantes en la administración pública. La admiración por los seres superiores facilitaba mucho las cosas. Un cronista comenta el interés de un cacique de que, puesto que ya eran amigos, los querían tener como hermanos y así deseaba que "tomásemos de sus hijas y parientas para hacer generación." Y al propio Portocarrero le cedió Cortés más tarde a otra mujer que "era muy hermosa para ser índia.

Los indios
         El personaje sin embargo de doña Marina tiene dos caras encontradas. Y así ha pasado a la historia. Para sus compatriotas doña Marina fue sencillamente una traidora a su raza y a su pueblo, una colaboracionista con el invasor, que se puso de parte de los españoles y llegó hasta el final con su traición. Todavía hay quien hoy día utiliza en Hispanoamérica el término malinchismo como sinónimo de traidor.
       Sin embargo es conveniente tener presente un aspecto muy interesante. Porque, si bien es verdad que las lecturas de los bandos en guerra son muy diferentes y lógicamente contrapuestas en casi toda la historia, en este punto los aztecas no insisten demasiado, posiblemente por la sensación de culpa que les produjo el que ellos mismos la hubiesen convertido en esclava para vendérsela a los mayas y luego también los propios indígenas la hubiesen regalado como tal a los españoles.
        Al final doña Marina acabó en la ciudad de Méjico como una persona más, sin relieve, como ocurrió a la mayoría de los protagonistas de esta historia. Puede que de ama de casa como cualquier otra mujer de la época y no se sabe si a lo mejor eso es lo que hubiese querido ser siempre.

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          Hija de un cacique azteca, fue vendida por su padrastro en una tribu maya de Tabasco y entregada por sus amos como esclava a Hernán Cortés en marzo de 1519 junto a otras diecinueve muchachas que fueron bautizadas y que éste distribuyó entre sus allegados.
        En el reparto le correspondió a Hernández de Portocarrero hasta que, al marcharse a España, Cortés la tomó para sí y tuvo un hijo con ella, Martín Cortés. Pero una vez terminada la conquista de Méjico, se la cedió a Juan de Jaramillo, con el que se casó y tuvo una hija, María.
     De nombre Malintzin, los españoles lo interpretaron como Malinche hasta que, bautizada, pasó a llamarse Marina o doña Marina.
         Murió en 1527 en su casa de Méjico cuando aún no tendría veinticinco años.
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HERNÁN CORTÉS              (La conquista de Méjico)

       La nostalgia épica de los poetas aztecas se refleja en este testimonio: "Hemos comido palos de colorín, hemos masticado grama salitrosa, piedras de adobe, lagartijas, ratones, tierra en polvo, gusanos. Nuestras casas están destechadas y enrojecidos sus muros. Rojas están las aguas, están como teñidas y cuando las bebimos, es como si bebiéramos agua de salitre. Gusanos pululan por calles y plazas y en las paredes están los sesos." Es la descripción que los derrotados hicieron del asalto final a la ciudad de Méjico. Pero para llegar a esto, tuvieron que pasar muchas cosas y darse muchas condiciones de uno y otro lado.

De una parte
        El que los indios creyeran en un primer momento que los españoles eran dioses o algo parecido, porque no era homologable su concepto de la divinidad con el esquema ideológico de los europeos, tuvo un efecto paralizante para sus decisiones políticas, militares y estratégicas, sobre todo cuando veían que los recién llegados sorteaban las diferentes trampas que los sacerdotes aseguraban de éxito seguro. De esta forma el ejército invasor se encontró con una circunstancia no prevista que facilitó enormemente el éxito de su aventura. Sin bajarse de los barcos, habían conseguido una primera victoria sicológica de especial importancia, que fue decisiva en el desarrollo posterior de la guerra.
     Los cronistas indios cuentan que Moctezuma II recibió a Cortés diciéndole: "Señor nuestro, te has fatigado, te has dado cansancio: ya a la tierra tú has llegado. Has arribado a tu ciudad: Mexico. Aquí has venido a sentarte en tu solio, en tu trono. Oh, por tiempo breve te lo reservaron, te lo conservaron, los que ya se fueron, tus sustitutos. No, no es que yo sueño, no me levanto del sueño adormilado; no lo veo en sueños, no estoy soñando... ¡es que ya te he visto, es que ya he puesto mis ojos en tu rostro." Estaba pensando en Quetzalcoalt. O al menos en un nivel intermedio de seres mágicos (ángeles o demonios), de héroes con unas virtudes ambiguas y complejas, algo así como hoy pasa en el juego ordinario de los poderes de la divinidad, en el que muchas veces es difícil distinguir la superstición de lo que sea la fe. La eterna alternativa de la razón y los sentimientos.
     Ellos notaban que los españoles sufrían con el dolor y eran mortales, aunque esta circunstancia se podía explicar por el capricho de los dioses en cambiar de cuerpo a su vuelta al único mundo. Sin embargo, lo que realmente les destrozaba, era apreciar cómo militarmente resultaban invencibles a pesar de la diferencia numérica de combatientes. Bien es verdad que miles de indios de tribus enemigas ayudaban a los conquistadores, y sobre este dato se han dicho cifras espectaculares como los cien mil tlaxcaltecas, pero los mejicanos siempre eran superiores en número. De ahí la sensación de que llegaba alguien superior, una vivencia en la que se mezclaban emociones viscerales, supersticiones, temor y reverencia ante el más fuerte.
     Junto a este reflejo sicológico, que fue muy importante sobre todo al principio, las explicaciones sobre la victoria de los españoles parecen mucho más sencillas. Era simplemente cuestión de estrategia. Y es que, aunque los aztecas conocían el terreno mejor que los españoles, su organización para el combate era totalmente primitiva porque estaban acostumbrados a arrollar a sus enemigos en tropel, siguiendo a sus jefes naturales, y eso era lo único que sabían. Desconocían la formación militar y ni se les ocurría formar una falange. Si el jefe era abatido, todo estaba terminado. Hernán Cortés se dio cuenta en seguida. Por ello buscó abatir a los líderes, que se reconocían al instante por sus atuendos. A más plumas, mayor categoría. Y eso simplificaba mucho las cosas.
        Luego hay que añadir la fuerza de las armas cuyos efectos eran a veces más sicológicos que militares. Al margen de lo limitado de su eficacia ante ejércitos indígenas tan grandes, a los combatientes aztecas les asustaba en plena batalla el ruido del trueno y el dardo de fuego. La alta tecnología militar de los españoles, incluyendo los caballos y los perros, les desmoralizaba en su estructura económica y militar tan primaria. Y no fue cosa baladí lo de los caballos porque Cortés contó después que no tenían, aparte de Dios, otra seguridad que la de los caballos. Y la viruela, una enfermedad desconocida en América, que un soldado de Pánfilo Narváez exportó, y que mató a "gentes sin número."
        Hernán Cortés además hacía lo posible por mantener la confusión y ambigüedad que le proporcionaba esta fama de invencible y de miembro de una estirpe superior. Consciente de que era la forma de asegurar la victoria, aprovechaba cualquier ocasión para sacarle rendimiento operativo. Y así cuando supo que los sacerdotes de los tlaxcaltecas habían asegurado que los españoles perdían sus poderes por la noche, organizó en seguida un asalto nocturno a una aldea para demostrarles su magia. No era el objetivo militar lo que le interesaba.
      En estas condiciones los españoles llegaron a creerse a si mismos como semidioses, y trataron a los indios como si fuesen niños. Aprovechando el pánico que les producían los caballos, mandó una vez Cortés pasear una yegua en celo ante unos indios revoltosos que no paraban de incordiar y después de llevársela, pidió el caballo de Ortiz, el músico militar, porque era muy aficionado a las yeguas y creía que en seguida percibiría su olor, como así fue. El caballo comenzó a patear, "relinchar y hacer bramuras, siempre los ojos mirando a los indios." Puede suponerse lo que pasó. Algo parecido a lo que sentiríamos nosotros si de pronto apareciera por la calle un desfile de mamuts, de pegasos o de gigantes con un solo ojo y en período de celo.

De otra parte
         Hernán Cortés tenía muy claro que lo que iba a hacer en Méjico era política. Política de Estado. Y desde el principio le hizo saber a su ejército que la victoria militar sólo podía conseguirse si iba acompañada de una estrategia política. Más aún, que ésta era lo importante y no la guerra por la guerra. Y a la primera oportunidad que tuvo, le dio una lección a su estado mayor: un capitán llamado Pedro de Alvarado, luego famoso por otras conquistas y que era un famoso imprudente, había llegado el primero a la isla de Cozubel y había atacado a unos indios haciéndolos prisioneros al tiempo que realizaba un pequeño saqueo. Al enterarse Cortés, le echó una solemne bronca, soltó a los cautivos, devolvió lo robado y ofreció disculpas a los caciques porque no le interesaba meterse en conflictos ridículos y malgastar además municiones. Dos veces recorrió el territorio de los mayas y en ningún momento pensó conquistar unas tribus de escaso valor político, militar o económico porque su objetivo sólo era el imperio azteca. Cuando se encontraba en Cempoala, camino de Méjico, llegaron cinco recaudadores de contribuciones aztecas, lo que puso muy nerviosos a los indígenas: Cortés les aconsejó detenerlos y negarse a pagarles, amparados en el apoyo que él les prestaría. Por la noche y en secreto los puso en libertad y los envió a Moctezuma con un recado suyo.
         Pero la política que quería hacer, sólo la entendía dentro de la legalidad del Estado. Ello le obligó a buscar su propia legitimación. Para dejar de depender del gobernador de Cuba, ideó una estratagema ingeniosa y cínica al mismo tiempo, fundando la ciudad de Veracruz y eligiendo su ayuntamiento. La primera decisión de los ediles fue nombrarle capitán general y primer justicia y desde ese momento se consideró legitimado para hablar en nombre del rey, que naturalmente desconocía lo que estaba pasando, y firmar pactos internacionales. Cortés siempre fue partidario de mantener las instituciones indígenas como forma de asegurar la soberanía de España. Y nunca dejó de apartar el quinto real de todo reparto de botín, que correspondía a la corona.
       Esta conciencia clara de lo que quería y de cómo había que conseguirlo, fue lo que le salvó y le permitió triunfar. Hernán Cortés, solo y aislado del mundo civilizado -había quemado las naves y ya no era posible el regreso-, fue estratega político antes que militar, aunque la historia le haya dado otra imagen. Y su seguridad y frialdad le permitió subordinar cualquier matanza y cualquier esfuerzo para ganar el reino de Méjico.
         Del imperio azteca, al decir de un poema nativo, sólo quedó "una red de agujeros."

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           Nacido en 1485, en Medellín, murió en Castilleja de la Cuesta el año 1547.
       El gobernador de Cuba, Diego Velázquez, le eligió como capitán de una expedición que iba a explorar las costas del Yucatán, pero a última hora, dudando de su lealtad, decidió relevarle del puesto. Enterado Cortés de esas intenciones, partió precipitadamente antes de que le llegara el cese. (noviembre, 1518).
      En su camino hasta Méjico, pasó por Cempoala, una tribu pacífica feudataria de los mejicanos. Venció con muchas dificultades a los tlaxcaltecas, enemigos de los aztecas, con quienes acabó pactando ayuda mutua en la conquista del imperio. Después siguió por Cholula y llegó hasta Méjico (noviembre, 1519) donde fue recibido con todos los honores por Moctezuma II, y al que acabó por secuestrar. Después le contó al rey que la ciudad le había parecido como Córdoba o Sevilla.
      Una imprudencia de Pedro de Alvarado, a quien había dejado al frente de la guarnición mientras iba a enfrentarse con Pánfilo Narváez que había sido enviado por Diego Velázquez, puso en dificultades a los españoles que ni siquiera pudieron ser protegidos por Moctezuma, que fue apedreado por sus súbditos. Ello les obligó a huir de la ciudad mientras eran acosados por miles de mejicanos. Fue la "noche triste." (1 de julio de 1520).
    Refugiado en tierras de los tlaxcaltecas, de allí partió para el asalto final a Méjico. (agosto, 1521). A los 35 años ya lo había hecho todo. Los cronistas discutieron el protagonismo colectivo de sus compañeros en la expedición.
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LEOPOLDO III, REY DE LOS BELGAS (23 FEBRERO 1934)

     Conocidos son los graves problemas estructurales que sufre Bélgica, problemas no nuevos porque ya empezaron a aflorar en el momento de su constitución. Dos culturas, dos idiomas, dos capacidades económicas y sociales que hacen que haya quien considere que lo único que en este momento ofrece estabilidad, la única institución que asegura, aunque sea casi a trancas y barrancas, la continuidad del Estado es la monarquía. No es baladí por ello estar muy atentos a los movimientos y conductas que dimanan de sus miembros. En este contexto la trayectoria política de Leopoldo III, cuarto rey del país, tiene una repercusión especial por haber sido depuesto en su día por las fuerzas parlamentarias y obligado por la presión social y política a entregar sus poderes a su hijo Balduino. La razón que se adujo fue la escasa fuerza y convicción con que se opuso a los nazis.

      Como ha ocurrido en Europa a lo largo de toda la historia, muchos han sido los avatares de todo tipo que han sufrido sus gentes y sus territorios. En la época del imperio español, por ejemplo, los Países Bajos o una unidad política llamada las “Diecisiete Provincias de los Países Bajos” (integrada aproximadamente por lo que hoy es Holanda, Bélgica, Luxemburgo, una parte del Norte de Francia y otra del Oeste de Alemania) pasaron a dominio nuestro con ocasión de la boda de Felipe (I, el Hermoso), hijo del emperador alemán Maximiliano, con doña Juana (“la Loca”), hija de los Reyes Católicos a principios del siglo XVI. Después, lo que hoy constituye Bélgica perteneció a Austria; en 1794 se integró en Francia; y el Congreso de Viena (un encuentro internacional convocado para restablecer y estabilizar las fronteras de Europa tras la derrota de Napoleón, que se celebró en 1814-15) obligó a integrar lo que hoy es Holanda y Bélgica en una sola entidad política, ”Reino Unido de los Países Bajos”, dirigido por el rey de Holanda Guillermo I. entidad que Bélgica acabó rompiendo en 1830 para constituirse ya como Estado independiente, tal como lo es en este momento.
    (Esta decisión de separarse de Holanda ya era previsible desde el primer momento: las trampas que se hicieron en la votación para que saliera que los nobles belgas estaban a favor de la integración ya mostraron a las claras que todo era ficticio y no tenía consistencia pero se optó por seguir adelante a ver si con el tiempo se iban mitigando las diferencias. Mas todo ocurrió al revés de lo que algunos deseaban. Las incompatibilidades de los dos pueblos y las pocas ganas belgas de aceptar lo que en la práctica era una absorción lo hicieron imposible: Al Norte, el holandés sociológicamente protestante y, al Sur, el belga, católico, con todas las cargas de las históricas guerras de religiones; la diferencia de población (3,5 millones de belgas por 2 de holandeses) que generaba un temor de estos últimos y les llevaba a frenar las inversiones en el territorio del Sur, con la consiguiente protesta y resquemor belga; y la situación económica de la que se partía con gran ventaja para los holandeses.
   Pronto las tres potencias de la época (Prusia, Austria y Rusia) comprendieron la inviabilidad del proyecto y acabaron aceptando la partición en dos Estados independientes. Tras una conferencia en enero de 1831, se estableció un gobierno provisional, se decidió que fuese una monarquía y se ofreció el trono a algunos candidatos pero finalmente fue un noble alemán, el príncipe alemán Leopoldo de Sajonia-Coburgo-Gotha (tío de la reina Victoria de Gran Bretaña), quien se convirtió en Leopoldo I de Bélgica el 21 de julio de 1831.

    Leopoldo III es el cuarto rey de Bélgica, con este esquema biográfico: nace 3 de noviembre de 1901; toma posesión como rey el 23 de febrero de 1934; termina su reinado el 16 de julio de 1951; y muere el 25 de septiembre de 1983.

    Tras participar en la Primera Guerra Mundial como soldado de a pie voluntario, dedicó un tiempo al estudio, casándose a continuación en 1926 con la princesa Astrid de Suecia. Su boda le proporcionó mucha popularidad por el carisma personal y la sencillez de su esposa, que cayó espléndidamente a los belgas en una época, además, complicada por las repercusiones que el crack del 29 tuvo en su país. Ella se dedicó a crear estructuras y sistemas de ayuda a la gente que aminoraran los problemas y dificultades que estaban padeciendo.
    En 1934 su padre, Alberto I, mientras escalaba una montaña sufrió un accidente que le ocasionó la muerte, por lo que Leopoldo, como Leopoldo III, asumió esa responsabilidad el 23 de febrero de 1934.
    Al año siguiente tuvo la desgracia de perder a su mujer en un accidente, esta vez automovilístico. Con ella había tenido tres hijos: Josefina Carlota (1927-2005); Balduino (1930-1993) que le sucedió y estuvo casado con la española Fabiola; y Alberto (1934), que a su vez sucedió a su hermano al no tener este hijos y que ha reinado con el nombre de Alberto II hasta el 21 de julio del año pasado cuando ha abdicado a favor de su hijo Felipe.

    Partidario de practicar una política exterior rigurosamente neutral y no dependiente, Leopoldo III abandonó las alianzas defensivas que su padre había firmado con Francia y con Alemania por las que se renunciaba al uso de la fuerza en las relaciones internacionales recíprocas. No obstante, viendo el comportamiento agresivo del ejército alemán, determinó preparar a su país ante una posible agresión por parte de la Alemania. Para ello asumió el mando supremo del ejército belga, pidió ayuda a Francia y Gran Bretaña e impulsó incluso con su propio dinero la construcción de una línea defensiva. Pero, como era de prever, nada de esto ayudó y en mayo de 1940 las tropas nazis invadieron Bélgica. En estas condiciones, viéndose rodeado por las tropas alemanas, el 28 de mayo, prácticamente a los quince días, decidió capitular.
    Y con esta decisión empezaron los problemas de entendimiento con su pueblo y la clase política dirigente, en especial con su gobierno que se había marchado a Londres y que decidió quitarle la legitimidad de su reinado. Incluso la opinión pública belga le acusó de traidor y colaboracionista con el ejército alemán.
     De nada sirvió que fuese hecho prisionero, primero en un castillo y posteriormente llevado a Alemania, donde permaneció hasta el final de la guerra. Y tampoco los enormes esfuerzos que hizo por obtener la libertad de los prisioneros belgas, labor en la que consiguió, según se reconoce, la liberación de unos 500.000 belgas deportados por los nazis. Y hasta complicó más las cosas al contraer nuevamente matrimonio, el 11 de septiembre de 1941. Lo hizo con, una joven de 24 años, hija de un destacado político conservador, Mary Lilian Baels. Realizar tan importante acontecimiento en plena ocupación enemiga y con el recuerdo aún vigente de la difunta reina Astrid fue una torpeza mayúscula que acabó por distanciarle definitivamente de su gente. Tan obvio era esa posible reacción que se trató de aplazar la fecha de la boda pero resultó imposible pues la novia estaba embarazada y ello impidió el retraso. Leopoldo decidió que no sería proclamada reina de Bélgica, sino solo Princesa y los hijos que tuvieran quedaron excluidos de la sucesión de la corona, mas esa decisión tampoco sirvió para nada,
    Cuando Bélgica fue liberada, en 1944, la Asamblea Legislativa de su país nombró a su hermano Carlos rey regente en ausencia suya y, al intentar regresar, tuvo que marcharse a Suiza ante la oposición de los partidos más principales que exigían se aclarasen todas las cuestiones sobre su actuación durante la guerra. Pero, aunque en 1946, una comisión de investigación le eximió de toda culpabilidad y lo mismo aprobó, con el 57% a su favor, un plebiscito el 12 de marzo de 1950, regresando a Bélgica el 22 de julio de 1950, al final, tras una fuerte campaña política y social en su contra, no tuvo más remedio que abdicar en favor de su hijo Balduino, el 11 de agosto de 1950. Era la única forma de evitar un mayor deterioro político suyo y del país.
     Muchos comentarios y opiniones se han formulado sobre todo esto, sobre su actuación y la de su pueblo. Fue sin duda un desencuentro desgraciado, tal vez confuso y equivocado. Pero así es la vida y así es la historia.
     Hasta su muerte, Leopoldo III y la princesa de Réthy fijaron su residencia en Bruselas.